Rosa María Batista: ‘De formar universitarios emprendedores, mejor no hablamos’

Por Rosa María Batista Canino. Vicerrectora de Empresa, Emprendimiento y Empleo de la ULPGC

Cómo mantenerse en la liga de campeones del paro juvenil en el mundo desarrollado es el secreto mejor guardado de Europa. Este secreto lo atesora hoy España que, con casi el 50% de paro en el colectivo de población menor de 25 años, lidera el ranking europeo de población joven desempleada.

Particularmente importante es, además, entender las claves del desempleo de los universitarios españoles que reducen la tasa de paro general en más de 10 puntos respecto al conjunto del paro juvenil, para instalarse en el 40% en los menores de 25 años, y en torno al 20% en los menores de 40. Lo que no cabe duda es que reducir estas cifras pasa por comprender mejor la anatomía del desempleo juvenil.

Así, y si nos retrotraemos en el tiempo, hoy nuestra juventud es la heredera de varias circunstancias del pasado. Como hijos del baby boom español, del efecto “universidad para todos”, del modelo de éxito de los 90 y del inexorable avance de las tecnologías que lo inundan todo, junto a un entorno político benevolente y todopoderoso por mor de la existencia de la deseada democracia y de la omnipresencia del Estado en todas las facetas de nuestra vida, los jóvenes de hoy se han encontrado un escenario social, económico y político que nada tiene que ver con aquel que sus padres y abuelos disfrutaron en sus años de juventud.

Más estructuración del acceso al empleo, más exigencias para cumplir con los altos estándares de muchos sectores de actividad que compiten ya con el mundo y la práctica desaparición de la figura del aprendiz que tanto bien hizo a muchos oficios, hoy a pique de la desaparición, junto al desarrollo de la economía del bienestar, un sector de ocio envidiable en España y la comodidad de acceder al mundo desde el sofá de casa con las zapatillas puestas, nos hacen entender un poco más lo que está detrás de aquellas cifras.

Estos elementos se conjugan, además, con un entorno fuertemente orientado a la necesidad de fomentar la formación a todos los niveles y en todas las etapas de la vida de las personas, y la preparación de los efectivos para ser competitivos en sus puestos de trabajo. Cabría pensar que estos factores se dan en todo el mundo desarrollado. La pregunta que queda por resolver es pues, ¿por qué otros países de nuestro entorno no presentan estas altísimas tasas de desempleo en este prometedor colectivo de población?

–En el ‘top ten’ de una liga funesta–

Algunas de las claves para entender por qué España sigue en el top ten de aquella liga, las podemos encontrar en los fundamentos que sostienen nuestro sistema educativo, los valores que se han fomentado, tanto en la escuela como en la familia, y el marco institucional que se ha consolidado en nuestro país en torno al empleo y la juventud.

Estas claves, sin embargo, no son nuevas. Ríos de tinta se han vertido para tratar de explicar el por qué de esta realidad que a todos, incluido a los jóvenes, desagrada. Desoímos, con esta última afirmación, lo que muchos consideran la verdadera causa del desempleo juvenil en este colectivo: su pasotismo y desinterés.

Creo que merece la pena detenerse particularmente en la primera de estas claves, en los principios en torno a los cuales se ha forjado el sistema educativo en España. No obstante, siendo este punto realmente complejo de analizar en apenas unos pocos párrafos, creo que se resume bien en la idea de que nuestro sistema educativo forma, principalmente, para satisfacer la jerarquía directivo-subordinado y el binomio instrucción-obediencia. A unos, el grupo menos numeroso, se les forma para dirigir, y a otros para obedecer y ser dirigidos. En este contexto, como es evidente, la creatividad, el laissez faire y el empoderamiento del individuo pasan a un soterrado segundo plano.

–Los ‘bichos raros’–

Desde la más tierna infancia programamos a nuestros chicos y chicas para no crear sino reproducir modelos preestablecidos, para pensar por sí mismos solo a demanda y bajo las circunstancias de “laboratorio” que se construyen en una pretendida “modernización”de la enseñanza en el aula y para trabajar desde la individualidad. Bajo este marco, solo unos pocos, muchas veces con talento natural, sobresalen y son vistos como el “bicho raro”, la excepción a la regla o el “error” del sistema.

Siendo justos, ya algunas voces críticas y docentes disconformes han comenzado a romper con la inercia, pero todavía son pocos y mal avenidos por un sistema que encorseta y obliga a cumplir los hitos de una programación inexorable. Se suceden las reformas a un sistema educativo en el que cada uno de los que llega deja su muesca y, todavía sangrante, llegan detrás otros a rematar el daño. Las heridas son profundas y muchas veces irreparables.

El consenso en este punto se hace esperar como agua de mayo, y este consenso pasa por no dar la espalda a los miles de chicos y chicas que engrosan luego las listas del paro.

En la Universidad, además, se añaden otros ingredientes que tampoco mejoran las expectativas. Si bien las cifras de desempleo en los universitarios españoles son claramente más bajas, quedan lejos de las que podemos encontrar en otros países desarrollados, y muy lejos del empleo que se genera en los países en vías de desarrollo para este colectivo.

En este punto he de discrepar con aquellos que entienden que el gran problema de España es haber creado tantos universitarios, y con esta afirmación no dejo de reconocer que este país ha descuidado, sin lugar a dudas, la enseñanza en formación profesional que ya se ha retomado con energía y con ciertas dosis de pasión por parte de los planificadores públicos, cuestión que sin duda se debe aplaudir.

No obstante, resulta paradójico que aún hoy se siga pensando que la formación profesional sí puede orientarse al autoempleo –para lo cual se ha consolidado la enseñanza en Iniciativa Emprendedora en la práctica totalidad de las titulaciones de la FP en España-, y no así para los universitarios. Para quienes, como si se les brindara un enorme salvavidas para las aguas turbulentas por las que van a transitar desde que den su primer paso al mercado laboral, se reserva la formación en emprendimientosólo en el último tramo de sus estudios y, por lo general, con carácter extracurricular.

Prueba de esto último es observar que en el itinerario de formación hacia la Universidad, en la ESO no aparezca actualmente esta materia y se fortalezca en los que escogen continuar con el itinerario de formación profesional. El mensaje es claro, los universitarios deben ser buenos empleados, técnicamente capaces y altamente competitivos. De formar universitarios emprendedores e intraemprendedores, mejor no hablamos; eso se nace… no se hace.

–Emprender, una moda que ‘se lleva’–

El cinismo de esta última frase es evidente. Pero lo que realmente esconde es desinterés y desidia por asumir un reto que incomoda. No obstante, ahora emprender “se lleva”, se ha convertido en una moda de la que, si estoy fuera, no soy cool. Se habla de emprendedores everywhere y a todas horas. Pero esta actual omnipresencia del emprendimiento es controvertida. Para algunos se trata de una moda pasajera importada y que NO debe venir para quedarse.

Si hablamos de enseñar a emprender en la escuela muchos padres se llevan las manos a la cabeza, “eso es para otros niveles de enseñanza, ahora toca aprender a sumar y dividir, conjugar verbos y defenderse en inglés”; para los docentes de todos los niveles, buena parte de ellos funcionarios de carrera que, sea dicho de paso, les ha supuesto en muchas ocasiones sangre, sudor y lágrimas, no solo serlo, sino “estarlo”, el fenómeno emprendedor es desconocido, para aguerridos que “quieren hacer dinero” y no vamos a mercantilizar la escuela ni la Universidad.

Este último argumento es particularmente dañino en las universidades para las que el emprendimiento en académicos además, “macdonaliza” estas instituciones que sólo deben estar para la enseñanza superior y la investigación, si es de excelencia, mejor; por su parte, los equipos directivos de escuelas, institutos y universidades, dicen tener bastante con atender los requisitos, los dictados y la normalización de la calidad de la enseñanza que se les impone. La responsabilidad de hacer y gestionar organizaciones educativas emprendedoras con individuos emprendedores, queda fuera de sus competencias; y, finalmente, los planificadores y ejecutores de las políticas educativas, sometidos al estrés de cambiar, intercambiar, sustituir y remodelar el sistema cada vez que alguien viene con ideas nuevas, no tienen tiempo de pensar en qué es mejor para sacar a los jóvenes españoles de la oscura estadística.

La crítica a la formación en emprendimiento es sin duda feroz y destructiva. En todas ellas veladamente se entrevé que la teoría marxista del capital ha hecho mucho daño en esta esfera. Sin duda, ya que el protagonista principal de tales planteamientos no puede ser otro que el ‘empresario’.

La palabra, no gusta. De ahí que el término “emprendedor” se utilice como un eufemismo que alivia, cuando todos sabemos que el emprendedor, en el ámbito empresarial, es aquel mismo. No obstante, es duro, para los que nos dedicamos a fomentar y a ayudar a construir las competencias emprendedoras, hacer ver que, cuando se habla de emprender, el concepto debe ser entendido de forma amplia y que la empresa es tan solo una más de las manifestaciones de este particular espíritu.Todos los niveles educativos pueden y, nos atrevemos a decir más, deben, solidarizarse en la construcción de este espíritu.

Solo así, construyendo individuos emprendedores que luego lleven su forma de hacer las cosas a las organizaciones, sean éstas empresas, asociaciones, ONGs, organismos públicos, partidos políticos, instituciones de diversa índole o cualquier forma de organización humana, se podrá terminar tanto con el desempleo, no sólo juvenil, dada su contribución al autoempleo y la co-creación de valor con otros en forma de autónomos, empresas, asociaciones o movimientos sociales y culturales de diversa índole, sino que se terminaría también con las organizaciones inmovilistas, con baja orientación hacia la innovación, con escaso interés por el desarrollo de nuevos proyectos y altamente motivadas en hacer las cosas como hasta ahora.

Además, y cada vez más, bajo este entorno complejo y difícil, eternamente emergente y tendente a la desestructuración, emprender es un hecho colectivo que requiere fortalecer lazos con otros, aunar esfuerzos y colaborar, aunque compitamos en determinadas esferas. Sólo políticas orientadas a empoderar al individuo, haciéndolo protagonista de sus propias decisiones, conducen a las sociedades más desarrolladas a lograr el pleno empleo.

 

  • Rosa María Batista Canino. Vicerrectora de Empresa, Emprendimiento y Empleo de la ULPGC

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