Josep María Garrell I Guiu: ‘Pale Blue Dot’

Por Josep María Garrell I Guiu. Rector Universitat Ramon Llull

No cabe la menor duda que la mejor inversión de una persona, de una familia o de un país es la educación. A veces se oyen comentarios sobre si sólo los países ricos son los que pueden invertir en educación, cuando en realidad es lo contrario. Los países ricos son precisamente de los que han invertido en educación. No hablo sólo de riqueza material, hablo de riqueza en plural, empezando por unas estructuras sociales que fomenten la justicia, el respeto y la igualdad. Me vienen a la memoria las palabras de Teiichi Sato, superviviente del tsunami que arrasó una parte de la costa japonesa en 2011, sobre lo vivido y que nos invitan a la reflexión a través de una expresión simple pero muy profunda: “Todo había desaparecido, solo quedaba lo que no se ve: el amor y la esperanza”.

 

Educación, educación y educación. Probablemente es la mejor receta para la construcción de un mundo mejor.

 

Nuestros jóvenes viven con inquietante expectación un mundo en plena crisis. En los albores de la reciente crisis económica ya chocamos con algunas ideas que, por su novedad, nos impactaban y a las que muchos no daban crédito. En primer lugar, la crisis económica llegó por sorpresa, sin previo aviso. En segundo lugar, y más chocante, no parecía que tuviese la intención de desvanecerse cuando la economía hubiera encontrado los clásicos ajustes del movimiento ondulatorio del péndulo. Todo lo contrario, la crisis había llegado para quedarse. No era pues una crisis cíclica, con altos y bajos; respondía más a un cambio de modelo. En tercer lugar, y más chocante todavía, se trataba de un hecho a escala planetaria, a distintas velocidades e intensidades, pero a escala planetaria de un modo u otro. Al fin y al cabo, era la primera gran crisis en la era de la globalización de las comunicaciones. Y en cuarto lugar, y lo más importante: la crisis no sólo era económica, o de modelo económico, sino también social, cultural, de valores, … una crisis de una civilización que, fruto de la globalización, se reconocía tremendamente entrelazada y proyectaba sus abusos a escala planetaria. Probablemente nada anterior, socialmente hablando, se le podía comparar.

 

–No se trata solo de encontrar un trabajo–

 

Nuestros jóvenes, decía, viven todo lo anterior expectantes. Reducir sus inquietudes a encontrar un trabajo remunerado, o encontrar un modo de ganarse la vida, sería un análisis tremendamente reduccionista de su expectación. Tengo la certeza que ven cómo la generación anterior, y no digo de manera deliberada, les estamos dejando un mundo y una sociedad mucho más compleja que la que a nosotros nos dejaron.

 

Una sociedad y un planeta que se reconoce global y, al hacerlo, puede ver la magnitud de las problemáticas a las que hacer frente. Negarlas sólo serviría para hacerlas mayores, reconocerlas es el primer paso para solucionarlas. Las injusticias sociales que, desgraciadamente, siempre han existido pueden adoptar ahora una escala enorme; la sostenibilidad del planeta, y con ella la de la raza humana, está en riesgo; nos vemos, y nos reconocemos,  como habitantes de un punto en el inmenso espacio vacío.

 

En esta percepción creo que nunca agradecemos lo suficiente a Carl Sagan, astrónomo y divulgador científico, que en 1990 y a petición suya, la Voyager 1 tomara una imagen de nuestro planeta a más de 6000 millones de kilómetros de distancia y después de 13 años de viajar por el espacio. La imagen fue titulada “un punto azul pálido”. Años más tarde, Sagan nos decía: “La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos”. Visto así, confrontarnos con la realidad es el primer gran paso para dar con la solución a nuestros problemas.

 

Nuestros jóvenes se enfrentan, ciertamente, a los mayores y más complejos retos que la raza humana haya abordado nunca antes, pero lo hacen con las mejores herramientas que nunca antes los humanos hemos tenido. La escolarización, a pesar de no llegar a todas las partes del planeta por igual, ha dado pasos de gigante, y se ha generalizado en muchos países. Los porcentajes de personas con educación universitaria o formación profesional han avanzado de manera muy considerable en las últimas décadas, con lo que cabría esperar una progresiva generalización a nivel planetario. La idea de una necesaria formación continuada se ha ido implantando en nuestras mentes, y lejos queda aquella vieja idea de hace 50 años en la que los profesionales nunca más pisan un centro de formación. Son datos de esperanza que nos impulsan a depositar en las nuevas generaciones nuestra más absoluta confianza y que, a pesar de nuestro legado de un mundo complejo y con grandes retos, estamos en las mejores manos posibles.

 

–Empleabilidad futura–

 

Cierto es que estas reflexiones están más o menos presentes en nuestros estudiantes universitarios, pero hay un primer paso, una primera preocupación, que deben resolver antes de sentirse con fuerzas para abordar problemas mayores. Se trata de su empleabilidad futura una vez finalizados sus estudios. En efecto, el mercado laboral, y especialmente en el marco del Estado, no pasa por sus mejores momentos.

 

También es una realidad que, años atrás, nuestros jóvenes sólo tenían la oportunidad de trabajar cerca de su entrono natal, mientras que actualmente sus oportunidades se extienden más allá de nuestra fronteras. Sus horizontes laborales también se extienden más allá de los cuerpos funcionariales y de las grandes (y pocas) empresas de siempre. Probablemente se trate de ocupaciones nuevas y variadas, distintas o muy distintas de las que existían años atrás. El emprendimiento, como actitud y más allá de la creación de empresas, debe ser una constante. El horizonte profesional de la auto-ocupación, del autónomo, o de la creación de la propia empresa debe estar muy presente y es una realidad que va creciendo como opciones profesionales entre nuestros jóvenes.

 

Al lado de la aplastante cifra de desocupación hay otra que nos llena de esperanza: la tasa de paro se va reduciendo hasta llegar a una tasa técnica de pleno empleo en la medida que un profesional avanza en sus estudios. A mayor formación, mayores oportunidades de encontrar (o generar) un lugar de trabajo. Es un dato que debemos asegurarnos que llega a nuestros jóvenes de una manera clara y nítida, para así ayudarles a ver esta luz de esperanza en su futuro más cercano, a la vez que les puede inspirar para abordar los retos que el futuro nos depara.

 

Acabo como empecé: no cabe la menor duda que la mejor inversión de una persona, de una familia o de un país es la educación. El futuro está en manos de nuestros jóvenes y en ellos tenemos nuestra más absoluta confianza.

 

 

 

Josep Maria Garrell i Guiu. Rector Universitat Ramon Llull. Es ingeniero informático. Ha llevado a cabo la dirección estratégica del proyecto Aristos Campus Mundus 2015, reconocido como Campus de Excelencia Internacional por el Ministerio de Educación y Ciencia.

 

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