José Antonio Campos: Emprendimiento, un país para no tan jóvenes

Por José Antonio Campos, doctor en CC.EE. y Empresariales y director de Deusto Entrepreneurship Center

Hace años que el padre del Management moderno, Peter Drucker[1], nos enseñó que el emprendimiento y la innovación son dos disciplinas más y que, por tanto, pueden ser enseñadas, aprehendidas y ejercitadas más allá de los talentos que Dios o la naturaleza nos concedió (según la creencia de cada cual) al nacer. Visto el tratamiento que estas dos disciplinas reciben en los medios de comunicación y la forma en la que algunos expertos se refieren a ellas no parece que todos hayan entendido su mensaje y, mucho menos, la forma de abordarlas de forma científica.

Veamos dos de las cosas que se están haciendo bien. De un lado, (casi) todas las Instituciones educativas se han afanado en incluir en su curriculum, de manera específica  y/o transversal, estas competencias. Del otro, hay un discurso social y publicado que apremia a la ciudadanía a emprender, de manera innovadora, como garantía de la creación de empleo y riqueza que sustente y, en su caso, acreciente lo que se ha dado en llamar Estado del Bienestar.

En el ámbito educativo no podemos dejar de hacer referencia al Informe prospectivo para el siglo XXI, que el equipo dirigido por Jaques Delors realizó a la Unesco en 1996[2]: “La Educación encierra un tesoro”, en el que se proponen 4 grandes pilares (competencias) para la educación, siendo una de ellas el “Aprender a hacer”, base de la competencia emprendedora.

En el Reino de España, la incorporación de estas competencias al quehacer educativo se realizó al final de la primera década de este nuevo siglo, todavía en los años de bonanza económica y ahora vivimos los retos de su implementación práctica (preparación del profesorado, ajuste de metodología y evaluación de resultados).

Han sido años de vorágine y quienes los vivimos sabemos de los esfuerzos dedicados a ello, aunque todavía quede mucho por hacer.  Estamos aprendiendo en este proceso de implementación y confío que el futuro va a ser más fructífero si aplicamos  el know-how adquirido y conseguimos un ajuste fino entre las diferentes etapas educativas.

Por otro lado, simplificando, podríamos indicar que el discurso social, y también el publicado, han sido históricamente favorables al emprendimiento, animando a la sociedad a que sus miembros apliquen estás competencias y desarrollen un comportamiento emprendedor, sobre todo en el ámbito económico.

Algunos argüirán que se aplaude a las  personas emprendedoras  mientras se critica a las empresarias, pero esto daría para otro artículo; baste señalar que si no todos los bancarios son banqueros, no todos los empresarios son emprendedores.

En los años de la crisis, es suficiente con echar un vistazo a las hemerotecas, este discurso se ha hecho más patente si cabe, no ya animando a la sociedad sino apremiándola a que emprenda y a que cree los empleos que la crisis ha destruido (redactado en pasado porque parece que estamos pasando el punto más bajo, esperemos que sea así).

 

–Los jóvenes son ahora mejores–

En este discurso ha habido una capa de la población especialmente urgida a que desarrolle un comportamiento emprendedor de carácter económico: los jóvenes. Incluso, algunas personas se han permitido denostar la idiosincrasia juvenil, achacándoles su “afán por vivir bien”, su deseo de “comodidad” y “sus pocas ganas” de crear su empleo. No creo que estas críticas sean justas; mi experiencia es que los jóvenes son mejores, como media, de lo que nosotros fuimos a su edad y, si hacen algo mal, es porque todos, los padres y el conjunto de la sociedad, no les hemos enseñado mejor.

Pero si esto de emprender es algo tan sencillo que lo pueden hacer hasta los jóvenes, ¿por qué no lo hacen los adultos? ¿Es realmente el emprendimiento cosa de jóvenes? En una tertulia parece que quepa todo lo que les apetece a los tertulianos, pero ello no implica  que exista una opinión fundada. Veamos lo que dicen los datos.

El Global Entrepreneruship Monitor[3] es el informe   sobre emprendimiento más importante  del mundo: se viene realizando a lo largo de 17 años, participando más de 100 estados y muchas comunidades autónomas, recogiendo en todo el mundo más de 200.000 encuestas al año, y, por tanto una referencia obligada si deseamos fundamentar nuestro discurso.

–Unos datos significativos–

El último informe publicado sobre el Estado español se refiere al año 2014[4] y de él vamos a citar unos cuantos datos significativos que aclaren el panorama emprendedor español (de manera resumida, cabe indicar que el estudio distingue entre emprendimiento potencial, inicial –naciente y nuevo- y emprendimiento consolidado).

El 66,1% de las personas emprendedoras dice emprender por oportunidad, frente al 29,8% que lo hace por necesidad (y el 4,2%, restante por otros motivos). No parece por tanto que “la necesidad sea la madre de todas las creaciones” y apelar a las personas desempleadas o a los jóvenes que finalizan sus estudios  para que creen su empleo no pasará de ser un “brindis al sol” en la mayoría de los casos.

La edad media de las  personas emprendedoras iniciales se situó en los 40 años (emprendedores nacientes: 40,3 años,  emprendedores nuevos: 40,1 años) y la de los empresarios consolidados, en 48,2 años; en el caso de las personas emprendedoras potenciales, la edad media baja hasta los 37 años. ¿Indicarán estas edades que los jóvenes no maduran hasta “los 40”? O, más bien, si unimos la prevalencia del emprendimiento por oportunidad y la edad, ¿será que uno no puede identificar oportunidades sin haber tenido conocimiento y experiencia suficiente para ello?

El 39,1 de las personas emprendedoras en fase inicial contaba con estudios superiores y el 8,5%, disponía de formación de postgrado; en este grupo, apenas un tercio contaba con formación secundaria. Entre el grupo de las personas emprendedoras potenciales, la formación secundaria aumentaba hasta el 43,3%, un porcentaje muy cercano a los que contaban con formación superior y postgrado (39,8%). Entre las que contaban con empresa consolidada, se igualan los porcentajes de quienes cuentan con formación secundaria (36,8%) o superior y postgrado (35,6%). Por tanto, se nos cae el mito de que para emprender la formación no es importante. La formación es importante y la formación superior, también, y más en las nuevas generaciones.

El 43,5% de las personas emprendedoras en fase inicial señala haber recibido formación específica en emprendimiento, lo mismo que el 43,5% de las potenciales personas emprendedoras. Por el contrario, solo el 20,8% de las personas emprendedoras con negocio consolidado dicen haber realizado formación al respecto (recordemos la edad media del colectivo: 48,2 años). ¿Será que los esfuerzos educativos en este campo están dando frutos?

El informe analizado identifica una mayor Tasa de Actividad Emprendedora (TEA) en el tercio superior de renta (6,2%) que en el medio (5,1%) o en el inferior (4,8%). Esto es, la actividad emprendedora aumenta con el crecimiento de la renta. Además, el importe medio de capital semilla necesario para los proyectos nacientes es de 55.242,3 €, del cual las personas emprendedoras aportaron un 63% de media (29.459,1 €). Parece ser esta una expresión fehaciente del conocido como “efecto Mateo”.  ¿Pueden los jóvenes responder a este requerimiento financiero recién salidos de la escuela o la universidad?. ¿Es fácil para una persona desempleada emprender?

–Hace falta experiencia–

Basándonos en los datos anteriores, no puede sino señalarse que el emprendimiento tipo es un emprendimiento por oportunidad, que se materializa entre personas adultas. Y si nos paramos a pensarlo, es lógico. Para reconocer las oportunidades del entorno (cada vez más global), las necesidades no cubiertas o que pueden ser satisfechas mejor que lo que lo hace el mercado hace falta “experiencia”; es difícil tener éxito  en un ámbito que no dominas.

–La regla de las diez mil horas–

A mis estudiantes de grado y postgrado les recuerdo la regla de las 10.000 horas, acuñada por Anders Ericsson[5] y popularizada por Malcom Gladwell[6]. Es verdad que dedicar 10.000 horas deliberadas a la práctica de alguna cosa no garantiza nada si no se dedican “correctamente”, pero no es menos cierto que es difícil emprender en un sector o mercado si no sabes nada de él, si no lo has vivido, si no lo has experimentado. Y para eso hacen falta varios años.

Si a lo anterior le sumamos el efecto de la formación y la necesidad de contar con capital propio (emprender es arriesgar los propios fondos, no los de los demás) puede entenderse por qué es tan difícil que los jóvenes puedan emprender.

Es más, emprender no es una actividad inocua. Si la aventura emprendedora resulta exitosa, la nueva empresa generará empleo y riqueza; pero si se fracasa, uno arriesga no solo sus ilusiones y capital, sino que  puede dejar víctimas entre quienes trabajan en el proyecto, sus proveedores y distribuidores, clientes y las instituciones públicas (Hacienda y Seguridad Social). Animar a emprender a quienes no estén preparados para ello es, cuando menos, una irresponsabilidad.

Podemos ayudar a que los jóvenes desarrollen competencias emprendedoras e innovadoras para que las implementen en su vida cotidiana, en su vida socio-comunitaria y en su vida profesional. Pero esto solo implica que estamos sembrando una semilla que hay que regar y nutrir y que germinará cuando se den las condiciones oportunas de entorno, como nos enseña el ecosistema natural.

Hasta que adquieran “el expertise adecuado”  y cuenten con unos ahorros,  las personas no pueden  “materialmente” emprender en el ámbito económico. Y, aún en estas condiciones, será difícil que tengan éxito en su primera formulación (hay que enseñarles a fallar rápido y barato, para que puedan volverlo a intentar, pero eso es materia para otro artículo).

Nicholas Negroponte ha anticipado que podremos ingerir información en píldoras y así hablar diferentes lenguas; mientras ello no suceda, hace falta tiempo para ganar  recursos intelectuales, experienciales y económicos que nos permitan emprender una aventura económica.

Por eso, a diferencia de lo que el gran poeta irlandés William Butler Yeats señalaba en la primera línea de su poema “Sailing to Byzantium”, el emprendimiento no parece que pueda ser un país de (tan) jóvenes.

 

 

** José Antonio Campos, doctor en CC.EE. y Empresariales y director de Deusto Entrepreneurship Center

[1] Drucker, P. (1985): Innovation and entrepreneurship”. Harper & Row. New York.

[2] Delors, J. et al.(1996):”La Educación encierra un tesoro”. Consultado en http://unesdoc.unesco.org/images/0010/001095/109590so.pdf.

[3]http://gemconsortium.org/.

[4] Peña, I., Guerreo, M., González-Pernia, J.L. (2015): “Global Entrepreneurship Monitor Monitor: Informe GEM España 2014”. Editorial de la Universidad de Cantabria. Santander. Consultado en http://www.gem-spain.com/wp-content/uploads/2015/04/GEM_es_2014.pdf.

[5] Ericsson, K.A., Prietula, M.J. & Cokely, E. (2007): “The making of an expert”. Harvard Business Review, 85(7/8), 114.

[6] Gladwell, M. (2009):”Fueras de Serie. Por qué unas personas tiene éxito y otras no”. Aguilar, Altea, Taurus, Alfaguara, S.A. de Ediciones.. Buenos Aires.

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