Y después de la Universidad… hay mucho que hablar

Por Ángel Tejada Ponce. Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de Castilla-La Mancha

Es la incógnita que más preocupa a los estudiantes cuando se acerca el momento de finalizar su periodo de formación y tienen que decidir cómo van a enfrentarse a un entorno laboral cada vez más turbulento .En este contexto, tanto si la idea que puede tener un estudiante que sale de las aulas universitarias es encontrar un trabajo inmediatamente, como si lo que desea es seguir formándose, es necesario plantearse si las autoridades universitarias y gubernamentales, en los ámbitos nacional y autonómicos, deberían analizar qué expectativas tienen los estudiantes universitarios y si éstas podrán ser cumplidas una vez finalizados sus estudios, vinculando dichas expectativas con las necesidades estratégicas laborales que pudiésemos tener como país. Es fundamental conocer las inquietudes que los estudiantes tienen para poder planificar todo el proceso formativo y determinar si éste debe estar alineado con las políticas de empleo y con las políticas de promoción de determinados sectores que deban implementarse dentro de un plan estratégico para el desarrollo futuro de España y de sus diferentes Comunidades Autónomas.

En este sentido, podemos afirmar que es indiferente que el estudiante quiera seguir estudiando, o ser autónomo, o montar su propio negocio, o enfrentarse a una oposición o ser contratado en alguna empresa. Detrás de todas sus inquietudes, además de las específicas que puedan tener de acuerdo a los diferentes perfiles de estudiantes que nos encontramos (independencia, capacidad para tomar decisiones, creatividad, seguridad en el trabajo, salario…), siempre destacan dos de ellas:

 

  • Trabajar en algo que me gusta.

 

  • Trabajar en algo relacionado con mis estudios.

 

Por lo tanto, en la mayoría de ocasiones, el estudiante habrá elegido unos estudios concretos de acuerdo a sus gustos y expectativas personales y, además, una vez acabe su formación espera trabajar o emprender una actividad relacionada con esos estudios. Los estudiantes definen sus decisiones profesionales o formativas básicamente por aspectos vocacionales. Estos dos aspectos son tremendamente importantes puesto que detrás de ellos podemos analizar el nivel de satisfacción o frustración que un estudiante puede tener cuando se tenga que enfrentar a una determinada salida profesional. No cabe duda que eso condicionará la competitividad y productividad de un país.

Vocación, aliada con productividad

Confucio decía: “Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”. Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, también hablaba de que se logra un bienestar a largo plazo cuando la persona procede según los dictados de su auténtico yo. Abraham Maslow, en su Theory of Human Motivation, sostenía que los músicos deben de hacer música, los ingenieros deben construir y cada hombre debe de hacer aquello de lo que es capaz de hacer para que de esta manera pueda alcanzar su máximo potencial, aquello para lo que está hecho. Siguiendo estos postulados se puede afirmar que trabajar en aquello para lo que uno tiene vocación proporciona plenitud personal y bienestar, haciendo que cualquier esfuerzo que haya que efectuar en el ejercicio de ese trabajo resulte satisfactorio y llevadero. En definitiva, vocación y productividad están íntimamente relacionadas. Ambos son elementos esenciales para el desarrollo social, económico y cultural de cualquier país.

Por ello, si partimos de esa asociación, es interesante que dirigentes políticos y universitarios respondan entonces a cuestiones como: ¿está nuestro tejido empresarial, público y privado, preparado para dar cabida a los estudiantes que terminan sus estudios? ¿la vocación de los mismos podrá ser cumplida? ¿hay una relación planificada entre cuál debería ser el número de egresados, y por tanto, de matriculados en las diferentes carreras, con la demanda que el mercado tendrá de los mismos? ¿debería haberla? ¿queremos de alguna forma intervenir en la planificación de los estudiantes para que vocaciones y salidas profesionales estén relacionadas? ¿o debemos dejar que cada uno elija libremente lo que quiere estudiar?

Si la respuesta a la primera pregunta fuese positiva no habría ningún problema, puesto que la mayoría de los estudiantes podrían ejercer la profesión vinculada con los estudios que ha realizado. Pero, por desgracia, la situación no es esa. El mercado de trabajo, en muchos sectores, no está absorbiendo a los profesionales que terminan sus carreras. Muchos de ellos acaban engordando las listas de desempleo o, en el mejor de los casos, trabajando en un trabajo que no está ni mínimamente relacionado con aquello que querían estudiar, incrementado de esta forma el nivel de frustración de muchos trabajadores. Se rompe la relación buscada entre vocación y productividad.

El doble riesgo

Si no se realiza una correspondiente planificación entre las entradas al sistema educativo universitario y las salidas profesionales corremos un doble riesgo, que deberíamos tener claro si estamos dispuestos a asumir:

 

  • Por una parte, quizás un exceso de efectivos formados respecto a la oferta laboral vinculada con esa formación (sobreformación). Muchas trabajadores deberán buscar salidas profesionales para las cuales ni se han formado ni querían hacerlo. Esta sobreformación genera un coste económico importante para nuestra sociedad y que habría que analizar, aunque no sea momento en estas líneas. Se trata de sobrecostes porque los estudiantes trabajan en empleos para los cuales no se les requiere la titulación estudiada, o bien porque tienen que emigrar a otros países, que se beneficiarán de los esfuerzos económicos realizados por la sociedad española para que nuestra juventud esté bien formada.

 

  • Por otra, posiblemente un déficit de profesionales formados para satisfacer las necesidades de trabajo de determinados entornos laborales o de sectores que estratégicamente sea importante potenciar.

 

Si se lleva a cabo una planificación entre formación universitaria y salidas profesionales, de acuerdo a las necesidades y/o saturación de determinados entornos laborales, nuestros gobernantes deberían analizar las necesidades de recursos humanos existentes, sobre todo en función de la capacidad que tiene el mercado laboral de absorber trabajadores y de las necesidades estratégicas definidas como país, para, posteriormente, encargar a los rectores de las Universidades que reorienten su oferta académica en función de las necesidades del mercado laboral.

Por el contrario, si no se tiene en cuenta esa planificación, ni se condiciona la oferta académica a las necesidades del mercado laboral, cada Universidad ofertará aquellas titulaciones que considere más adecuadas, sobre la base de criterios internos, como así ocurre actualmente, para que el estudiante pueda libremente elegir aquellas carreras por las que más vocaciones muestren. Posteriormente, al margen de la política universitaria, los egresados serán los responsables de la búsqueda de puestos de trabajo que le permitan satisfacer sus expectativas previas, con independencia de la saturación o no que muestre el mercado laboral.

En este caso, no se observan las carreras universitarias solamente como un instrumento necesario para acceder al mercado de trabajo, sino que se contemplan como un instrumento formativo de la persona, que deberá ir configurando su formación con el fin de orientar su vocación. Bajo este planteamiento, si el estudiante no ha podido dar con la carrera precisa, se espera que, al menos, haya podido estudiar en el área acertada, donde su mente funciona por interés, aptitud y satisfacción, posibilitando los necesarios ajustes dentro del medio laboral.

Actualmente, la oferta de títulos es voluntad de cada Universidad, siguiendo el proceso de acreditación de cada titulación establecido. En dicho proceso, en la memoria de acreditación de cada título no se está limitando la entrada de los estudiantes en las diferentes carreras exigiéndoles una nota mínima de acceso; lo que se hace es que cada Universidad, para cada carrera, decide la oferta de plazas que va a llevar a cabo; si bien es cierto que eso, al final, determinará una nota de corte.

 

Las universidades miran excesivamente hacia adentro

 

Pero la definición de esa oferta no se hace teniendo en cuenta un proceso de planificación en el que se establezca cuántos egresados debería de haber en cada titulación, sino que lo que pretende es limitar la oferta de acuerdo a los recursos humanos y materiales que cada Facultad tiene. Se planifica mirando hacia dentro, no hacia fuera, por mucho que se haga una especial referencia en las mencionadas memorias y en los posteriores procesos de acreditación llevados a cabo al perfil de egreso definido y a cuáles son los valores de los indicadores de inserción laboral de los egresados del título, para ver si son adecuados al contexto científico, socio-económico y profesional del título. Es cierto que cada vez más hay una preocupación por el perfil de egreso de los estudiantes y por su inserción laboral, pero creo que en las Universidades seguimos mirando excesivamente hacia dentro más que hacia fuera.

 

Con esta realidad deberíamos reflexionar si la planificación de la oferta universitaria debería hacerse de acuerdo a los recursos disponibles en cada Universidad o, por el contrario, deberíamos considerar el entorno laboral al que se enfrentarán los egresados de las Facultades. Tendría que analizarse si la situación debería ser la misma para los estudios de Grado o para los Másteres, ¿los grados deberían ser meramente vocacionales y los másteres contemplar la oferta de trabajo que está haciendo el mercado laboral?.

 

Sería preciso replantear si la oferta académica deber ser totalmente libre, dejando a los estudiantes que elijan libremente los estudios a realizar, o si la sociedad, a través de sus representantes políticos, que fundamentalmente está manteniendo económicamente el sistema universitario español, con un predominio de estudiantes que se matriculan en centro públicos, tiene el derecho, incluso el deber,de determinar dónde deben orientar los esfuerzos las Universidades para satisfacer las necesidades que tiene dicha sociedad.

 

Se trata de cuestiones importantes para definir el futuro de nuestro sistema universitario y que nuestros dirigentes deberían resolver en un sentido u otro, pero dentro de una planificación clara de qué queremos ser como país.

 

** Ángel Tejada Ponce. Doctor en Ciencias Económicas y Empresariales.  Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de Castilla-La Mancha.

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